Publicamos una entrevista con el colectivo italiano Wu Ming en relación con ―entre otros asuntos vinculados a la gestión política de la llamada “pandemia de coronavirus”― las protestas populares en Italia contra el «pasaporte verde» (green pass), imposición estatal de control social que acreditaría que quien lo muestra no porta «covid». La entrevista, firmada por Federica Matteoni, fue publicada en Internet por Jungle World, en idioma alemán, el 11/11/2021. El 17/11/2021 fue publicada en Ill Will una versión revisada, aumentada y traducida al inglés por el propio colectivo italiano junto con un apéndice (ausente en la publicación en idioma alemán) sobre el activismo climático pospandémico. La versión inglesa de la entrevista (no así el apéndice) fue traducida al castellano y publicada en Panfletos subversivos el 21/11/2021.

Además de la versión castellana de la entrevista ya traducida por lxs camaradas de Panfletos subversivos, publicamos nuestra traducción del apéndice «On Post-Pandemic Climate Activism» escrito por Wu Ming 1, quien integra el colectivo Wu Ming. También tradujimos del alemán «Der Green Pass», texto que en Jungle World se lee inmeditamente después de la entrevista y que permite contextualizar en tiempo y espacio la argumentación de Wu Ming; esta traducción se leerá aquí antes de la entrevista. En el breve texto traducido del alemán hay algunas imprecisiones, que en las endnotes fueron señaladas y corregidas por nosotros.

Hemos contrastado la entrevista en inglés con la traducción castellana. Hay en la versión castellana publicada por Panfletos subversivos groseros errores de traducción y de edición. Así, pues, sobre la base de dicha versión castellana de la entrevista, hicimos algunas traducciones y retraducciones y le aplicamos una ligera corrección ortográfica y de estilo.

Tanto en la entrevista (Conspiración y lucha social) como en la introducción contextual (El pase verde) y en el apéndice (Sobre el activismo climático pospandémico) hemos hecho aclaraciones/precisiones entre corchetes ora en el cuerpo de texto, ora en las endnotes; las aclaraciones/precisiones dispuestas en las notas son indicadas como «[Nota de Rossoinero]» (salvo una «[Nota de Ill Will]») para distinguirlas de las realizadas por Wu Ming.

Fuentes:
Jungle World
Ill Will
Panfletos subversivos

Rossoinero
Buenos Aires, 1/12/2021

____________________________


El pase verde[i]

Para combatir la pandemia de Covid-19, desde el 15 de octubre [de 2021] rige en Italia el llamado «Reglamento Green Pass«. Desde entonces los trabajadores deben mostrar un certificado de vacunación o bien pagar y presentar un test negativo de Covid-19 (como en Alemania con la 3G-Regelung[ii]), sin los cuales no pueden entrar al lugar de trabajo. Antes la vacunación obligatoria sólo regía para el personal sanitario[iii], y desde el inicio del año escolar también rige para el personal docente[iv]. Según las encuestas, la mayoría de la población italiana aprueba estas medidas, hasta ahora únicas en Europa. Sin embargo, también hay voces contrarias. El 9 de octubre, durante una manifestación de aproximadamente 10.000 personas en Roma, grupos neofascistas devastaron la sede del sindicato CGIL [Confederazione Generale Italiana del Lavoro]. El 15 de octubre, estibadorxs hicieron una huelga en Trieste exigiendo el levantamiento de esta reglamentación [Green Pass] para lxs trabajadorxs de todos los sectores [sean o no portuarixs]. La manifestación transcurrió pacíficamente, no obstante fue disuelta por la policía, que lanzó agua[v]. El gobierno italiano está considerando mantener la medida ―que en principio rige hasta finales de 2021― hasta marzo de 2022.

_____


Conspiración y lucha social[vi]

La siguiente entrevista se basó en las preguntas enviadas por Federica Matteoni, de la revista alemana Jungle World, durante la primera semana de octubre de 2021. La presente versión fue revisada y ampliada por los autores a principios de noviembre para su publicación en Ill Will. [También incluimos un nuevo apéndice sobre las luchas ecológicas de Wu Ming 1.][vii]

El 8 de octubre tuvo lugar en Roma una gran manifestación contra el green pass, que se saldó con un asalto a la sede nacional de la CGIL [Confederazione Generale Italiana del Lavoro], el mayor sindicato de Italia. A los ojos de la clase política y de los principales medios de comunicación, esto parecía confirmar que la disidencia contra el green pass era exclusivamente fascista. Y era innegable que la extrema derecha había ganado espacio en la movilización contra la gestión política de la pandemia. Luego, de repente, las cosas cambiaron. Pero antes de hablarnos de ello, ¿podrías explicarnos por qué crees que la descripción de un movimiento esencialmente fascista contra el green pass es engañosa?

Desde la primavera de 2020, advertimos que la ira social estaba creciendo y que explotaría una vez que el miedo al virus se calmara. Dijimos que la falta de crítica a la emergencia pandémica convertiría las próximas e inevitables protestas en algo muy confuso y ambiguo, algo explotable por la extrema derecha y diversas subculturas conspirativas. Criticamos duramente a la mayoría de la izquierda de base [sinistra di movimento, aclaración de Ill Will] por expresar una visión «virocéntrica» ―es decir: por centrar cualquier conversación exclusivamente en el virus y el riesgo de infección― mientras que decían muy poco sobre el gobierno que gestiona la pandemia de forma irracional, injusta, hipócrita e incluso criminal[viii].

Durante el verano, cuando estalló la movilización contra el Green Pass, por enésima vez expresamos nuestra opinión criticando la postura altiva de muchos camaradas, la facilidad con la que aplicaban etiquetas y su adhesión implícita a la pandémica paz social de Mario Draghi por miedo a «decir lo mismo que los políticos de extrema derecha» como Matteo Salvini y Giorgia Meloni, quienes criticaban el Green Pass por razones tácticas y oportunistas. Está claro que las plazas se fueron llenando también de basura semiótica e ideológica. También, pero no sólo, y este es precisamente el punto.

En cualquier movilización de masas podríamos haber escuchado un poco de todo. Sin traer necesariamente a colación la revolución rusa de 1905 ―que en su fase inicial fue dirigida por el padre Gapón― debemos recordar que también escuchamos fantasías conspirativas antisemitas procedentes de la plaza Tahrir [El Cairo, Egipto, 2011], también escuchamos fantasías conspirativas nacionalistas basadas en la ideología kemalista procedentes del parque Gezi [Estambul, Turquía, 2013], etc. ¿Habría sido correcto descartar esas luchas sobre la base de esos pronunciamientos? No, y no tiene sentido hacerlo para las luchas en curso, las pospandémicas, que son contradictorias pero inevitables[ix].

Ante las protestas callejeras contra el pase ―pero que en realidad se dirigen contra toda la gestión de la pandemia por parte de los dos últimos gobiernos―, la corriente principal neoliberal recurrió inmediatamente a la reductio ad Hitlerum, y cierta izquierda, incluso declaradamente radical, siguió su ejemplo al instante. A fin de cuentas, es un patrón perfectamente tradicional: la operación retórica de comparar potencialmente cualquier cosa con el nazismo y potencialmente cualquier persona con los nazis ―y, más en general, de utilizar los términos «fascismo» y «fascistas» indiscriminadamente― se remonta a la Komintern de los años 1930 y a la Kominform de los años 1940. Los estalinistas calificaron a los trotskistas de «trotsko-nazis», a los socialdemócratas de «social-fascistas» y, más tarde, a los comunistas yugoslavos de «tito-fascistas». Todos hemos oído a camaradas comparar más o menos a cualquier político desagradable con Hitler, llamar «fascismo» a cualquier tendencia indeseada y utilizar «fascista» como insulto genérico. Como consecuencia, el concepto se trivializó y se volvió cada vez más vago. En esta primera fase pospandémica, esta reductio ad Hitlerum juega de hecho a favor de los neofascistas, al exagerar su papel. En muchos mítines antipandémicos, los fascistas están ausentes o son irrelevantes, en otros están presentes y obviamente intentan hacer sus sucias maniobras. Quizá sólo en Roma tengan alguna influencia destacable; en cualquier caso, la movilización en torno a estos temas es salvaje y desafía cualquier parámetro interpretativo. Hasta ahora, ninguna fuerza política ha conseguido asegurarse una verdadera hegemonía.

No nos tomó por sorpresa que esas manifestaciones expresaran hostilidad hacia «la izquierda». A esta altura, para muchos italianos, «la izquierda» significa el Partido Democrático [PD], es decir, un partido neoliberal que las masas populares reconocen, con razón, como un enemigo. No es casualidad que el PD sea apodado el «partido de las ZTL» [Zonas de Tráfico Limitado]: es votado principalmente en los centros históricos urbanos que se han convertido en los salones de la burguesía, o en los barrios elegantes como Parioli en Roma. Ahí es donde se encuentra el electorado del partido: una clase media alta pretenciosa e hipócrita que hace alarde de los restos de un antiguo estatus «intelectual» y de una identidad izquierdosa [leftish] cada vez más moderada. En realidad, son asquerosamente elitistas, les entusiasma el clasismo en todas sus manifestaciones, admiran a un banquero como Draghi y abogan por más tecnocracia y más desigualdad, que describen respectivamente como «innovación» y «meritocracia».

No hace falta ser fascista para odiar a esta «izquierda». Y ni siquiera podemos culpar a los que no ven una diferente, después de años de marea baja para los movimientos, y dado que muchos autodenominados «radicales» comparten con la corriente principal de la izquierda muchos de sus defectos: un fondo burgués, elitismo, arrogancia cultural, distancia de los problemas con los que lidia la mayoría de las personas, etc.

La extensión de la obligación del Green Pass a todos los sectores laborales está provocando un número creciente de incoherencias y contradicciones. Cada día se hace más evidente que el Pass es el mecanismo por el cual el gobierno de Draghi ―que se legitima continuamente en el marco de una «guerra contra el virus»― descarga toda la responsabilidad sobre la población mientras continúa su política de carnicería social. Mientras nosotros fijamos la mirada sobre el virus, el gobierno y la patronal nos masacran. Esta conciencia creciente está provocando estallidos de ira entre las distintas capas sociales. Sólo los prejuicios ideológicos pueden impedir que uno se dé cuenta de que esto es un «otoño caliente»[x]. Se trata de una ola de conflictos que desafía la descripción y la predicción, pero sin duda un verdadero despertar del cuerpo social después de dos años en coma.

«¿Por qué ahora?» y «¿por qué, entre todas las razones, el green pass?» son dos preguntas importantes, pero se vuelven inútiles si las planteamos de manera resentida y despectiva como lo hace la izquierda esnob. Para decirlo de forma sencilla: tras dos años que asolaron la vida de muchas personas, el Green Pass fue experimentado como la gota que colmó el vaso[xi].

Tampoco tiene mucho sentido filosofar sobre el supuesto mal uso del término «libertad» por parte de muchos manifestantes. Epítetos como «libertario de derechas» o «anarcocapitalista» que ciertos intelectuales aplicaron a la movilización fallan por completo, al igual que las comparaciones con Trump y Bolsonaro. La mayoría de las veces, esa gente no está hablando realmente sólo de «libertad»: está hablando de su propia proletarización. La mayoría de los miembros de la clase media precarizada, empobrecida y atemorizada nunca dominó el lenguaje de la lucha social, no son herederos de tradiciones políticas con vocabularios establecidos, y esto mucho tiene que ver con la razón por la que articulan su ira por su propia degradación social en términos de «libertad», o la injusticia que sienten haber sufrido por la forma en que se manejó la pandemia.

En su afán por distanciarse de las plazas, ciertos medios «izquierdistas» ―que mayormente gastan su tiempo en el entorno de las redes sociales― expresaron un desprecio absoluto por las «libertades personales», a las que consideran «burguesas». De nuevo, nada nuevo: hay vertientes tradicionales de la izquierda donde siempre se ha hablado de la libertad con suficiencia y desprecio. Al final, nos llevarán al gulag. Debemos tener cuidado con los términos que decidimos utilizar de forma despectiva. Una cosa es el individualismo y el egoísmo, y otra la esfera de autonomía de la que debe gozar cada ser humano. Hay un habeas corpus existencial sin el cual la vida ya no es vida. Quienes abandonan esta distinción caen en una terrible confusión y terminan abrazando el autoritarismo ―más aún: el autoritarismo bajo el capitalismo―, sin siquiera la excusa de la «dictadura del proletariado».

Ante todo es importante decir que la gestión capitalista de la pandemia atacó la completa dimensión colectiva, la socialidad, las relaciones entre las personas, etc. En este contexto, «libertad» puede significar también la libertad de estar juntos, de actuar colectivamente, de manifestarse. Descartar todo esto como simplemente «fascista» es, como mínimo, una muestra de torpeza ideológica.

En los últimos días, sin embargo, los medios de comunicación italianos activaron la alarma contraria, con relación a la «izquierda radical», «anarquistas», el «bloque negro» y hasta las «brigadas rojas» y su supuesto papel en la movilización. Desde Alemania, donde sólo la extrema derecha y los conspiranoicos han salido a la calle contra la gestión de la pandemia, estas rápidas transformaciones son muy difíciles de entender.

Como observó acertadamente el Comité Invisible,

A los acontecimientos les cuesta cruzar las fronteras… Y si consiguen cruzarlas, es sólo después de haber sufrido una mutilación y una distorsión tales que resultan irreconocibles a su llegada. (…) Es como si un control aduanero invisible funcionara para garantizar que los contenidos existencial y políticamente peligrosos se den la vuelta en la frontera, al tiempo que exigen su cuota de significado a todo lo que pasa[xii].

El Comité Invisible hablaba de la dificultad de narrar las luchas francesas en Italia y las italianas en Francia, pero en nuestra opinión esto es aún más válido para la relación entre Italia y Alemania. Existe una incomunicación histórica entre los «escenarios» de nuestros dos países, un estado de cosas en parte oculto por una fascinación mutua superficial, que agrava aún más las cosas. Cuando se informa de una lucha italiana a un público alemán y viceversa, el riesgo de malentendidos es enorme. Pueden difundirse leyendas urbanas, exageraciones y mitologías. Sin embargo, el núcleo es la ignorancia mutua. Por ejemplo, la escena italiana está totalmente desinformada sobre el movimiento Ende Gelände[xiii] y la escena alemana no sabe nada del movimiento No-TAV, que celebra su trigésimo aniversario este año[xiv]. Lo poco que los círculos radicales italianos han oído hablar de un fenómeno como el Antideutsche[xv] provocó reacciones de asombro y horror: ¿cómo era posible que una parte de la izquierda radical alemana pudiera llegar a apoyar tales posiciones? Nuestra información es incompleta en cuanto a contexto o genealogía.

Cuando hablamos de los movimientos pospandémicos en Italia y Alemania debemos tener en cuenta otro elemento: en los dos países la gestión política de la pandemia tuvo ciertos rasgos en común, pero también marcadas diferencias. Nuestros contextos son muy diferentes. Por último: la situación aquí es inusualmente complicada incluso vista desde Italia, ¡por no decir desde Berlín o Hamburgo!

La descripción de las manifestaciones anti-pass como controladas por los fascistas fue dominante hasta hace tres semanas, luego hubo un drástico cambio en la percepción. Los medios de comunicación empezaron a señalar el «extremismo de izquierda», el peligroso regreso del «bloque negro» e incluso de los brigadistas rojos[xvi]. Por supuesto, el marco retórico es el de los extremos opuestos, como en los años 1970: la democracia liberal debe defenderse tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, bla, bla, bla. Por supuesto, la extrema izquierda siempre se presenta como la más peligrosa. De todos modos, algo ha cambiado. ¿Qué aconteció?

Una parte creciente de las críticas al Green Pass provino de la izquierda y del mundo anticapitalista: todos los sindicatos de base ―Cobas, USB, USI, CUB, SOA― e incluso el mayor sindicato mayoritario italiano, la CGIL ―que antes era comunista pero ahora es más o menos socialdemócrata―, declararon su oposición[xvii]. Muchos colectivos radicales, de origen anarquista o marxista, también han criticado el pase, calificándolo de síntesis de la lógica neoliberal y tecnocrática con la que se ha gestionado la pandemia y de aparato discriminatorio utilizado por la patronal para estrechar su control sobre la fuerza de trabajo. El ejemplo de lo que se jugó en Francia también fue importante: todos los partidos de izquierda del otro lado de los Alpes ―France Insoumise, el Partido Comunista Francés, Nouveau Parti Anticapitaliste y Lutte Ouvrière― así como todos los sindicatos se posicionaron en contra del pase sanitario de Macron.

El 11 de octubre de 2021 en Italia hubo una huelga general convocada por todos los sindicatos de base, y entre los puntos del orden del día estaba la oposición al green pass. En paralelo, la situación estalló en Trieste.

La retórica en torno a las manifestaciones contra el pase sufrió un cambio decisivo tras el bloqueo del puerto de Trieste, que se produjo en el contexto de una movilización local que iba en una dirección completamente diferente a la que tuvo lugar en Roma el mismo día (las situaciones en Milán y Turín también eran bastante diferentes). En una intervención en tu blog describiste la situación de Trieste en términos de «solidaridad de clase». ¿Puedes decir algo más?

La movilización de masas en Trieste comenzó en agosto y aún continúa. En una ciudad de 200.000 habitantes, aproximadamente 20.000 salieron a la calle en varias ocasiones. Entre ellos, y desempeñando un papel destacado, están los trabajadores de todas las principales fábricas y sectores laborales de Trieste, especialmente los portuarios. El 15 de octubre, un piquete de portuali bloqueó una de las principales entradas al puerto y recibió la solidaridad de gran parte de la población. El 18 de octubre la policía atacó y dispersó a la multitud utilizando cañones de agua y gases lacrimógenos. Esos policías fueron enviados por el gobierno más pro-corporativo y neoliberal de la historia de Italia, un gobierno presidido por el antiguo jefe del Banco Central Europeo, uno de los hombres que orquestó el ahogo de la sociedad griega.

Un papel importante en los acontecimientos de Trieste lo ha desempeñado un grupo de camaradas que realizan un trabajo político y de indagación militante en medio de la lucha. Han contribuido directamente a la formación de la «Coordinadora No al Green Pass Trieste» [Coordinamento No Green Pass Trieste] y viven desde hace meses inmersos en una situación ciertamente contradictoria y difícil de gestionar, pero también tumultuosa, rica y vital. El caso de Trieste demuestra que había espacios para intervenir desde el principio, que habría sido posible delimitar el terreno común con claridad y evitar el descarrilamiento de la protesta anti-pass.

Obviamente, una vez que la lucha ganó la atención nacional, fascistas y gurúes conspiracionistas del tipo QAnon convergieron sobre Trieste desde varias partes de Italia. Intentaron ganar espacio, y los medios de comunicación hicieron todo lo posible para ayudarlos, entrevistándolos todo el tiempo aunque no tuvieran ninguna relevancia ni pasado en la ciudad. Por el momento parece que fracasaron estos intentos de parasitar la lucha. Por supuesto, esto no significa que no se escuchen fantasías conspirativas o cotorreos pseudocientíficos en las manifestaciones. Es obvio que también se puede escuchar eso.

Escribiste que lo que está ocurriendo con las manifestaciones anti-pass nos da una idea de cómo serán las futuras movilizaciones, así como del tipo de problemas que estos movimientos tendrán que afrontar y resolver en la fase pospandémica del capitalismo tardío, esto es: si no se contentan con seguir siendo movimientos de «opinión» irrelevantes. ¿Qué quieres decir con esto?

Especialmente ―aunque no sólo― en Europa, los futuros levantamientos serán cada vez más «impuros» y sorprendentes, al menos en su inicio. Esto ya estaba claro para cualquiera que observara a los chalecos amarillos en Francia en 2018. Las cosas seguirán siendo así mientras el Capital, en una aceleración vertiginosa de su subsunción real, devore más y más vidas poniendo en peligro incluso la existencia ―antes asegurada― de estratos de la clase media. Las luchas serán impuras porque los sujetos que las iniciarán carecen de los antecedentes con los que nos sentimos cómodos: memoria de las luchas obreras y de los movimientos sociales, conciencia de clase, tradición de conflicto social en la familia, etc. Sin embargo, paradójicamente, la falta de memoria también eximirá a esas luchas de seguir patrones preestablecidos. Esto es algo que el propio Toni Negri, en una de las diferentes fases de su elaboración, intuyó de forma vaga. Escribió sobre ello en un artículo de 1981 titulado «Erkenntnistheorie: Elogio dell’asenza di memoria»[xviii] [Teoría del conocimiento: elogio de la ausencia de memoria].

Los protagonistas de las próximas olas de conflicto social serán a menudo «biconceptuales», es decir: divididos a medias entre su nueva condición proletaria ―e incluso precaria― y una mentalidad burguesa residual. Al principio, precisamente por el choque de la degradación, tratarán de cultivar los valores pequeñoburgueses de antaño, los restos de su condición anterior.

Como dice el lingüista cognitivo George Lakoff[xix], podemos hablarles a los «biconceptuales» dirigiéndonos a la parte de su mente que acuerda con nosotros. Tendremos que «hablarle» a su padecimiento de las nuevas condiciones materiales, a sus sentimientos reales, a su ira contra el sistema. Si no lo hacemos, sólo lo harán los fascistas y otros reaccionarios, dirigiéndose a la otra parte de su mente: la nostalgia rencorosa del privilegio blanco burgués.

Estas movilizaciones y situaciones requieren más esfuerzo interpretativo, más imaginación política y más paciencia. Sólo con paciencia, y renunciando al impulso de categorizar inmediatamente lo que ocurre, podemos esperar desencadenar síntesis útiles. La prisa por juzgar, típica de los debates en las redes sociales, es sin duda nuestro enemigo.

¿Cómo encaja el Green Pass en la gestión global de la pandemia en Italia? ¿Cómo se desmonta el discurso pro-pase desde una perspectiva radical?

No es fácil resumir el asunto para un público alemán en el espacio de una entrevista. A fines de febrero de 2020 estalló un gigantesco brote en la zona más industrializada y poblada de Italia: la provincia de Bérgamo, en Lombardía. Allí hay cientos de fábricas de diversos tamaños que emplean a decenas de miles de personas, la mayoría de ellas se desplazan diariamente desde Bérgamo y el resto de la provincia. Los expertos propusieron inmediatamente cerrar la producción, detener los desplazamientos y declarar la región como «zona roja», pero Confindustria ―la organización oficial de los grandes empresarios― presionó a los políticos para que no lo hicieran. Pasaron días cruciales de inacción, hasta que el contagio se descontroló y se extendió por toda la extensión urbana de Lombardía, donde viven alrededor de ocho millones de personas. El sistema sanitario de Lombardía, devastado por dos décadas de recortes y privatizaciones, se derrumbó en pocos días. Desde allí, el contagio se extendió al resto de Italia e incluso al extranjero.

En ese momento, la clase dominante, para ocultar su responsabilidad en lo que estaba ocurriendo, puso en marcha una serie de desviaciones basadas en la más clásica estratagema neoliberal, una estratagema utilizada anteriormente para las cuestiones medioambientales y climáticas: cualquier responsabilidad por los contagios fue descargada en el individuo y en los comportamientos individuales. El conjunto de fuertes restricciones que los italianos llaman incorrectamente «il lockdown» contenía unas pocas medidas razonables junto a otras muchas que carecían totalmente de sentido e incluso eran contraproducentes. Los lugares con mayor riesgo de contagio ―fábricas, centros logísticos, plantas de procesamiento de carne― permanecieron abiertos, mientras que comportamientos inofensivos como salir de casa para dar un paseo fueron prohibidos y castigados. Los helicópteros de la policía patrullaban las playas, los drones cazaban a los «infractores» en bosques y montañas[xx]. El gobierno llevó a cabo una inútil y engañosa colpevolizzazione del cittadino, como la llamó el sociólogo Andrea Miconi: una culpabilización del ciudadano.

Quienes defendieron esas medidas «en nombre de la Ciencia» en realidad alimentaron temores irracionales y creencias anticientíficas. Hoy está bien establecido ―pero ya se entendía hace un año y medio― que la infección por Sars-Cov-2 en el exterior es improbable: según todos los estudios, oscila entre lo altamente inverosímil y lo casi imposible. Sin embargo, todos los comportamientos que el gobierno y los medios de comunicación señalaron como chivos expiatorios estaban relacionados con el hecho de permanecer al aire libre: jogging, «caminar sin propósito», sacar al perro a mear muy frecuentemente, tomar una cerveza en una plaza, etc. Mientras tanto, los brotes en las fábricas desaparecieron de la vista. La apoteosis llegó en el otoño de 2020, con el mandato de usar mascarilla (incluso durante las actividades al aire libre) y el toque de queda a las 10 de la noche. Ambas medidas no tenían ninguna base científica.

Un «confinamiento» [«lockdown»] tan selectivo y desequilibrado dio la impresión de que el gobierno estaba «haciendo algo», mientras dejaba intactos los intereses de Confindustria. Al mismo tiempo, fue una excelente oportunidad para fortalecer un enorme capitalismo uniforme, el de los gigantes de las grandes tecnologías como Amazon, Google, Facebook y similares.

El Green Pass continúa esta política de culpabilización y la lleva a un nuevo nivel. Desresponsabiliza aún más al gobierno y alimenta el síndrome del chivo expiatorio atacando a las personas que los medios de comunicación italianos llaman «No Vax» [no vacunados]. La obsesiva campaña sobre el «peligro No Vax» es quizá la más machacante y persecutoria desde que comenzó esta historia.

No es cierto que el green pass fuera necesario para convencer a la gente de que se vacunara. Cuando el gobierno lo introdujo por primera vez, la campaña de vacunación ya avanzaba rápidamente y se estaba cerca de vacunar al 80% de la población mayor de 12 años. Entre los trabajadores escolares esa tasa se acercaba al 90%. En la asistencia sanitaria [health care] era incluso superior. Luego de dos meses de prórroga del green pass obligatorio, seguimos en torno a los mismos porcentajes. No sólo no había ningún incentivo real para vacunar, sino que la arrogancia del gobierno no hizo más que endurecer la resistencia. Millones de personas que no han hecho nada ilegal (ya que la vacuna anti-Covid no es obligatoria) son castigadas por este green pass obligatorio con el aislamiento social o la pérdida del empleo, un dispositivo que otorga a los jefes un control sin precedentes sobre los empleados y las condiciones laborales.

En los últimos veinte meses, muchos «radicales» ―que por momentos sonaban y parecían incluso más asustados que el italiano promedio, con la única diferencia de que los «radicales» a su miedo a morir lo llamaron «altruismo»― renunciaron a criticar cualquier decisión tomada por el gobierno. Sólo hablaban del virus. El virus, el virus, el virus. Por eso ahora son incapaces de criticar el green pass. De hecho, muchos de ellos lo defienden, adoptando exactamente la misma posición que Confindustria, Draghi y toda la clase dominante. Una clase dominante que es la verdadera responsable de casi 130.000 muertes y de la innecesaria aflicción, el deterioro psicológico y la ruina económica de millones de vidas.

Por suerte otra parte de la izquierda y de los movimientos sociales se libró de su larga hipnosis y entendió la lógica perseguida por el gobierno.

Volvamos a las plazas: de acuerdo con la narrativa mainstream, «quizá no todos sean fascistas, sin embargo todos son peligrosos antivacunas y conspiranoicos». Los comentaristas más «comprensivos» dicen: «hay que convencer a esas personas, explicarles la situación, inducirlos a vacunarse y a aceptar el pase». ¿Qué hay de malo en este razonamiento, aparte del hecho de que mucha gente sigue sin entender ―o aparenta no entender― la diferencia entre rechazar la vacuna y rechazar el Green Pass?

Es necesario distinguir entre la vacuna en sí y la política de vacunas. Esta última atañe a cómo se producen, comercializan, legitiman y administran las vacunas anti-Covid. No estamos en condiciones de hacer discursos específicamente científicos y farmacológicos sobre la vacuna, pero podemos criticar aspectos de la campaña de vacunación porque es un asunto político. Muchas de las decisiones que tomó el gobierno no fueron en absoluto científicas sino meramente políticas. A menudo la justificación fue exclusivamente propagandística.

Cuando un adolescente murió de una trombosis en Génova después de la primera dosis de AstraZeneca, el CTS ―el Comité Técnico-Científico designado por el gobierno― sugirió que la segunda dosis se administrara con otra vacuna, sea Pfizer o Moderna. Incluso declaró, sin ningún estudio al respecto, que la vacunación «heteróloga» aun era mejor. Bueno, si es mejor, ¿por qué no son así todas las vacunaciones? Poco después, [el gobierno] cambió de postura y afirmó que la elección de la marca de la vacuna a inocular en la segunda dosis era una decisión individual de cada ciudadano, ¡como si éste fuera un experto en inmunología!

Mientras tanto, la edad para vacunarse con AstraZeneca pasó de «menos de 55 años» a «menos de 65» y finalmente a «más de 65». ¿Por qué? Porque habían realizado el ensayo clínico en sujetos menores de 55 años, pero cuando vieron que en esa franja de edad la vacuna podía tener efectos secundarios ―por ejemplo en mujeres que usan anticonceptivos hormonales― decidieron aumentar la edad. Todo esto se hizo de forma improvisada, sin ningún estudio sobre el asunto.

De nuevo: primero el intervalo entre las dos inoculaciones de Pfizer pasó ―pese a las recomendaciones de la misma empresa― de tres a seis semanas, luego todo volvió a cambiar: ahora era cada región italiana la que establecía cuántos días tenían que pasar. Hoy día en Campania te clavan la segunda inyección a los 30 días, en Toscana a los 42 días.

Último ejemplo: al principio el Green Pass era válido durante 270 días (nueve meses) desde el día en que se completaba la vacunación, más tarde ampliaron la validez a un año. ¿Por qué? ¿Resultó que la inmunización con la vacuna duraba más de lo previsto? Para nada. La decisión fue política y sirvió para ganar tiempo. La mayoría de los trabajadores de la salud ―médicos, enfermeras, administrativos y personal de limpieza de hospitales― fueron vacunados en enero y febrero de 2021, lo cual significa que sus pases deberían caducar en octubre y noviembre, desencandonándose en ese caso una bochornosa situación.

Estamos a favor de las vacunas y recibimos nuestras dos dosis de Pfizer, sin embargo entendemos por qué otras personas rechazan recibirla, dada la comunicación cismogénica [schismogenic], la arrogancia, el aura de inestabilidad que ―más allá de las burbujas burguesas de personas que respaldan a Draghi― rodea al gobierno. Al hacer obligatorio el pase para el empleo y para acceder a todo tipo de servicios y actividades, el gobierno introdujo un mandato vacunal de facto. La vacuna es opcional, sí, pero si no tomas esa opción el gobierno te hará la vida imposible. Muchas personas se negaron a obedecer. Después de todo lo ocurrido, ya no creen en las autoridades. Hay una crisis de legitimación, una desconfianza generalizada en las instituciones, una incredulidad respecto de lo que digan los políticos y los grandes medios de comunicación. En los últimos años, casi la mitad de la población dejó de votar: le importa un carajo hacer funcionar la maquinaria política.

Tal desconfianza tiene sólidos fundamentos, no sólo en la gestión criminal de la pandemia sino más en general en el hecho de que camaradas nuestros sucumbieron al más ciego cientificismo[xxi] que ahora rechazan: en una sociedad capitalista, la medicina opera según la lógica capitalista. ¿Los antivacunas extraen conclusiones absurdas de esta premisa? Sí, pero la premisa no se disuelve a causa de ello.

Por todas estas razones, nos negamos a desechar los puntos de vista de quienes no quieren vacunarse, aun si nosotros [Wu Ming] tomamos una decisión diferente; tampoco consideramos que esas personas ―como sí lo hacen muchos «izquierdistas»― sean nuestros enemigos: es la clase dominante la que nos puso a todos en esta situación.

Obviamente, cuando los antivacunas vomitan mierda [bullshit], fake news y fantasías conspirativas, las refutamos en la medida de nuestras posibilidades, tal como hizo Wu Ming 1 en su libro La Q di Qomplotto. Lo que no haremos es unirnos a quienes incitan a las masas contra el chivo expiatorio «anti-vacunación» [«No Vax»][xxii]. Nos oponemos a esta campaña de odio, que sólo sirve para absolver al gobierno y a la patronal.

Una vez más, no es necesario estar en contra de las vacunas para comprender un hecho básico: centrarse sólo en la vacuna como si se tratase de la llegada de la caballería ha contribuido a refrenar las causas estructurales de la pandemia, su impacto y su gestión bajo el signo de la emergencia que desde hace tiempo constituye la lógica de la gobernanza capitalista contemporánea. Nuestro sistema sanitario fue progresivamente desmantelado, corporativizado e inhabilitado para soportar cualquier situación crítica, pero cuando llegó la vacuna, nadie habló de dar marcha atrás el desmantelamiento del sistema sanitario.

Mencionaste La Q di Qomplotto, un libro en el que uno de ustedes, Wu Ming 1, disecciona el «conspiracismo» en busca de sus «núcleos de verdad». ¿Puedes explicar brevemente este concepto, y cómo se aplica a la situación de la pandemia?

En la difusión masiva y transversal de las fantasías conspirativas ―incluidas las fantasías sobre el asunto de las vacunas― identificamos la expresión de un malestar, un descontento, una conciencia confusa de que la sociedad capitalista es invivible, deshumanizada, alienante. Esto es lo que llamamos «núcleos de verdad», y son una verdad general y al mismo tiempo específica.

Incluso QAnon tiene algo de verdad en su núcleo: el sistema es, en efecto, monstruoso, y el Partido Demócrata en Estados Unidos sirve realmente a los intereses de una élite repugnante. El hecho de que a partir de estas premisas e intuiciones en vez de arribar a una conciencia consistentemente anticapitalista se genere una creencia en una sociedad secreta de satanistas pedófilos chupasangre que mantienen a millones de niños esclavizados en la clandestinidad es un gran problema pero, de nuevo, los núcleos de verdad no desaparecen a causa de ello. Podríamos describir a QAnon como una alegoría inconsciente y una parodia involuntaria de la crítica anticapitalista.

Por núcleos de verdad entendemos premisas generales, intuiciones truncadas, descontentos vagos, arrebatos de ira deficientemente elaborados provocados por la enfermedad de vivir en la sociedad capitalista. Y si podemos encontrarlos en QAnon, a fortiori lo encontraremos en la antivacunación. Son los mismos núcleos a partir de los cuales se desarrollaron en el pasado los mejores capítulos de una crítica anticapitalista de la medicina, de Ivan Illich a Franco Basaglia y Franca Ongaro Basaglia, de Michel Foucault al SPK[xxiii] alemán, de Félix Guattari a la antipsiquiatría británica.

La subordinación de la medicina a la búsqueda de ganancias, la morbosa relación entre medicina y capital, la dependencia de la investigación médico-farmacéutica de las grandes corporaciones, la creciente burocratización y despersonalización de la asistencia [care], la falta de confianza en el sistema sanitario tras una larga secuencia de escándalos… Estos son, o deberían ser, nuestros asuntos, anticapitalistas asuntos, pero nunca detendremos ese descontento ―y, por extensión, nunca lo desplazaremos hacia direcciones más razonables y fructíferas― en la medida en que nos neguemos a verlo y nos quedemos satisfechos al tratar como enemigos a quienes lo expresan. Al hacer esto, nos rebajamos a ser guardianes del sistema, defensores del statu quo, y dejamos el terreno libre a estafadores y fascistas.

También hay núcleos verdad que refieren a algo más específico: la gestión política de la pandemia, esto es: todas las mentiras contadas por el gobierno, todo el terror y el sensacionalismo, toda la flagrante desinformación que acompaña a la campaña de vacunación.

¿Cómo pueden los anticapitalistas reaccionar frente al conspiracionismo sin arrogancia, criminalización, sorna o paternalismo?

Nos oponemos al enfoque típico del conspiracionismo, esto es: una aproximación idealista (en el sentido filosófico del término), liberal y cientificista. En ese marco desaparecen las clases sociales, las relaciones sociales, las estructuras de poder, las contradicciones del sistema, en síntesis: toda la dinámica colectiva, lo cual significa la desaparición de las condiciones materiales del conspiracionismo. En la clásica robinsonada, como llamaba Marx a este tipo de narrativa, sólo queda la «conspiración teórica» individual de un personaje al que, según mis ganas, puedo desenmascararlo o invitarlo a razonar ―o ambas cosas a la vez―pero siempre en el abstracto contexto de la «batalla de ideas». Este es el enfoque que Wu Ming 1 critica con dureza en La Q di Qomplotto.

Sólo nuevos movimientos, nuevas concatenaciones colectivas pueden evitar las derivas individuales y tribales hacia el conspiracionismo, reclamando los espacios que dejamos vacíos y que las fantasías conspirativas han llenado.

Cuando las luchas estallan y tocan lo real, es decir, cuando atacan al sistema en su funcionamiento real, «el dinero bueno expulsa al malo»[xxiv]. Con toda probabilidad, aquellos trabajadores italianos que repetidamente fueron a la huelga, que ocuparon los almacenes de logística y bloquearon la circulación de mercancías junto con sus camaradas inmigrantes ―con frecuencia descubriendo a lo largo del camino que éstos se encontraban entre los más radicales y decididos grupos―, se volvieron mucho menos sensibles a la mierda [bullshit] tipo Great Replacement [Gran sustitución] y otras fantasías xenófobas.

El efecto del conspiracionismo es desviar el descontento y canalizar las energías potencialmente revolucionarias hacia lugares donde se disipan o, peor, acaban alimentando proyectos reaccionarios. Esto es porque, como dice el subtítulo del libro [La Q di Qomplotto], «las fantasías conspirativas defienden el sistema»[xxv], porque en definitiva son «narrativas de distracción»[xxvi]. Pero no tendrían éxito, para nada se expandirían, si no se formaran en torno a núcleos de verdad.

Si en estos años las fantasías conspirativas parecen reinar en muchos dominios, es porque esos dominios quedaron vacíos. Sin embargo, cuando estallan las luchas reales el conspiracionismo es destronado. No desaparece (nunca lo hará), pero pasa a segundo plano. Incluso si cultivo una fantasía conspirativa sobre los reptilianos [Reptilians], la dejo de lado en favor de la experiencia concreta de luchar junto con personas que no quieren oír hablar de los reptilianos y comparten mi situación, mis intereses, mis objetivos.

Los camaradas que, en medio de mil dificultades, intervienen en las movilizaciones del No Pass no partieron de una lectura apriorística, no pensaron en resolverlo todo con frasecitas en Twitter: empezaron a hacer trabajo político en esa situación, yendo hacia la contradicción en vez de esquivarla. Lo que intentan esos camaradas es trabajar el «biconceptualismo» de las personas que protestan. Varias cosas nos unen a ellos: la idea de que el sistema apesta, que las narrativas dominantes son engañosas, que los costos de la pandemia están siendo pagados por los menos poderosos de entre nosotros, etc. Otras cosas nos separan de ellos: las pseudoexplicaciones que aceptan para todo esto, las conclusiones reaccionarias a las que a menudo llegan, los chivos expiatorios y los personajes imaginarios a los que recurren (el complot [the Cabal], los reptilianos, etc.). Es necesario encontrar una manera de hablar a la intersección entre ellos y nosotros, a la «mitad» de su mentalidad que está más cerca de la nuestra. Todo lo demás fluye a partir de ahí. Es como el Tai Chi Chuan: sólo puedes ejecutar las «formas» ―las largas y complejas secuencias de movimientos― si tu postura es firme.

_____


Sobre el activismo climático pospandémico[xxvii]

Tenemos que tener cada vez más cuidado acerca de cómo luchar por el clima. Lo que escribe Andreas Malm en How to Blow Up a Pipeline[xxviii] es correcto: el gran problema del movimiento climático es que ha sido demasiado respetable, demasiado «modesto», demasiado leal a determinado imperativo, demasiado obediente a unas reglas que no se ha dado a sí mismo de forma autónoma. Tras la emergencia Covid, existe el riesgo de que lo sea aún más.

De las maniobras de distracción durante la gestión de la pandemia, y sobre todo del déficit de respuesta crítica a dicha gestión, la clase dominante aprendió muchas lecciones. Nosotros, en cambio, hemos aprendido muy pocas.

La transferencia de la responsabilidad de la clase dominante hacia abajo ya era una práctica previa, con el énfasis en las elecciones individuales de los consumidores (a expensas de la acción colectiva y el cambio sistémico), o con modalidades de impuestos ecológicos regresivos como el aumento del impuesto sobre el combustible TICPE [taxe intérieure de consommation sur les produits énergétiques, impuesto interno sobre el consumo de productos energéticos] que desencadenó las protestas de los chalecos amarillos en Francia.

Ahora el enemigo sabe que la transferencia puede ser más efectiva gracias a un mix de autoritarismo, paternalismo y narrativas de contrición y expiación inoculadas en el cuerpo social. La emergencia como método de gobernanza funciona mejor si yo, ciudadano, interiorizo un sentimiento de culpa y me convenzo de que debo hacer penitencia «en aras de los demás» y obedezco al poder «para salvar a otros», incluso adoptando conductas «como recordatorio a mí mismo» y «por respeto a los demás». Esto es lo que justificó el confinamiento doméstico y la demonización de todas las actividades al aire libre mientras las fábricas seguían funcionando, la obligación de usar mascarilla al aire libre pese a que el contagio en esas circunstancias es casi imposible, el toque de queda que «no tiene una razón científica sino que sirve para recordarnos que tenemos que hacer sacrificios» (lo dijo la viróloga Antonella Viola el 4 de noviembre de 2020), el Green Pass con todas sus incongruencias… Es necesario, una vez más, defender la sociedad[xxix].

La «sociedad» que debemos defender con disciplina y obediencia es la capitalista, es decir: la Economía. Esta gran «falsa cooperativa» de la que todos somos socios-empleados es como el protagonista de la [canción] Ballata dell’amore cieco (Balada del amor ciego) de Fabrizio De Andrè: para demostrar que la amas tienes que castrarte e inmolarte, tralalalla tralallaleru[xxx]. La novedad es que ahora te piden que lo hagas por el clima. Por la «sostenibilidad». Porque «la transición tiene costos» y hay que pagarlos. Tienes que pagarlos porque es tu culpa y por eso, honey, «si me amas, córtate las cuatro venas de las muñecas»[xxxi].

Sabemos muy bien que durante la emergencia de la pandemia fueron las generaciones más jóvenes las que fueron señaladas, responsabilizadas, infantilizadas y amedrentadas para que respetaran las reglas. Las mismas personas que, en su gran mayoría, están presentes en los movimientos en torno al clima: cuando las sirenas del Capital entonen los cantos del ecosacrificio, como Odiseo necesitarán tapones para los oídos. Una canción que puede tener mil versiones y arreglos, en función del sustrato cultural: ecofascismo, ecoestalinismo, ecofrugalidad protestante, ecocatolicismo con ecos de la Contrarreforma, ecorrectitud centrada en la «ecorresponsabilidad», y así…

Es por ello que también se equivocan quienes denuncian la «dictadura sanitaria»: creen que el punto era el contenido de la emergencia, mientras el sistema sigue experimentando con su forma. Alcanzado el resultado, una vez que el sistema haya recuperado su homeostasis[xxxii], podrá superarse la narrativa centrada en la pandemia. En Italia, donde las secuelas del virocentrismo persisten más que en otros lugares, esta «brecha» [“gap”] aún es difícil de ver, pero también aquí sucederá.

Todos deberíamos reflexionar sobre la declaración de Mario Draghi, según fue presentada por los diarios italianos el 21 de septiembre [de 2021]: «La emergencia climática es como la pandemia». En el plano de la homeostasis del sistema, esto significa: gestionaremos el clima de la misma manera que gestionamos la pandemia, es decir: haciendo caer toda la responsabilidad sobre ustedes (y muchos de ustedes estarán encantados de asumirla).




Notas:

[i] Der Green Pass. Texto publicado en Jungle World inmediatamente después de la entrevista. Traducción del alemán al castellano por Rossoinero. [Nota de Rossoinero]

[ii] «Reglamentación 3G» por las letras iniciales de Geimpft, Genesen, Getestet: vacunado, recuperado, testeado. [Nota de Rossoinero]

[iii] Medizinische Personal en el original. En sentido estricto, antes (cuando se publicó la entrevista, mes de noviembre) y ahora (1/12/2021) al personal administrativo de la salud no se le exigía/exige la vacunación obligatoria para poder trabajar sino la presentación del green pass. Sí era y es obligatoria la vacunación de médicxs, enfermerxs y demás trabajadorxs implicadxs directamente en el cuidado de pacientes. De todos modos, a partir del 15 de diciembre de 2021 también el personale amministrativo della sanità deberá mostrar l’obbligo vaccinale, de lo contrario no se podrá trabajar. Cfr. «Comunicato stampa del Consiglio dei Ministri n. 48» del 24/11/2021, donde se aprobó el decreto-ley que estipula que no sólo el personal administrativo de la salud deberá vacunarse obligatoriamente sino también docentes y personal administrativo de escuelas, militares, policías (incluido el personal penitenciario) y socorristas/rescatistas (bomberxs, trabajadorxs de protección civil y de la Cruz Roja, entre otrxs abocadxs a situaciones de emergencia): https://www.governo.it/it/articolo/comunicato-stampa-del-consiglio-dei-ministri-n-48/18639 [Nota de Rossoinero]

[iv] Aquí hay un error: la vacunación obligatoria del personal docente no rige aún, lo será a partir del 15 de diciembre de 2021. Cfr. nota anterior (iii). [Nota de Rossoinero]

[v] Esta información es confusa: la manifestación aludida por Jungle World que fue disuelta por la policía a golpes de agua se produjo el 18 de octubre, no el 15/10. De todos modos, es menester referir que el 15 de octubre, junto con la huelga, el CLPTComitato lavoratori portuali di Trieste [Comité de trabajadores portuarios de Trieste] había convocado a una manifestación en el puerto de la mencionada ciudad italiana. Según información de prensa, la manifestación, integrada no sólo por trabajadorxs portuarixs, reunió durante la mañana del 15/10/2021 a alrededor de 5.000 personas (cfr. https://www.startmag.it/smartcity/nessun-blocco-porto-di-trieste/). Un mes después (19/11/2021), en represalia por las acciones del sindicato portuario (huelga, manifestaciones), «la Autoridad Portuaria de Trieste anuló el protocolo de entendimiento por medio del cual el CLPT, desde julio de 2020, formaba parte de las organizaciones sindicales” (cfr. https://www.ansa.it/sito/notizie/cronaca/2021/11/19/green-pass-porto-trieste-disconosce-clpt-come-sindacato_c4972cd0-7ca1-42aa-9d94-3ee5faa38487.html). [Nota de Rossoinero]

[vi] Conspiracy and Social Struggle en el original. La entrevista publicada por Ill Will fue traducida al castellano por Panfletos subversivos, a la que le hemos aplicado traducciones y retraducciones luego de cotejarla con la versión original en inglés. Todas las respuestas corresponden al colectivo Wu Ming. En el sitio de Ill Will, luego de la entrevista se lee el apéndice; debajo del apéndice se lee: «Bolonia, 25 al 28 de octubre (notas agregadas el 4 y 5 de noviembre, 2021) Traducido por Wu Ming». Así, pues, ciudad, fechas y autoría de las traducciones (al inglés) corresponden a Wu Ming, tanto para la entrevista como para el apéndice. [Nota de Rossoinero]

[vii] La oración entre corchetes, presente en el original en inglés, no se lee en la versión castellana traducida y publicada por Panfletos subversivos. Esto es así porque, como mencionamos en la presentación de este dosier, Panfletos subversivos no publicó el apéndice. [Nota de Rossoinero]

[viii] «Virocentrismo. Conjunto de sesgos cognitivos y falacias lógicas que distorsionan la percepción de la emergencia Covid. La primera impresión, obtenida en un momento de fuerte ansiedad y miedo ―‘¡el virus nos matará a todos!’―, persiste y se endurece: todo el pensamiento es inexorablemente capturado por el virus y su circulación, todo el razonamiento gira en torno a la posibilidad de contagio mientras que cualquier riesgo que no sea el contagio pasa a un segundo plano. En el pensamiento virocéntrico:

a) el virus no es un desencadenante sino la causa principal ―si no la única― de los problemas surgidos durante la epidemia. El virus es el enemigo supremo, a menudo descrito de forma antropocéntrica, como si estuviera dotado de subjetividad y de malas intenciones;

b) la urgencia de contener el virus eclipsa todas las demás necesidades y derechos y justifica todas y cada una de las medidas, incluso aquellas cuyo impacto global sobre la sociedad y la salud colectiva podría resultar más grave que el de la propia epidemia.» (Wu Ming 1, La Q di Qomplotto, Alegre, 2021, 329-330).

[ix] Por «pospandemia» queremos decir después del comienzo de la pandemia, no después de su final. La pandemia no ha terminado, pero la forma en que la han gestionado los gobiernos y las instituciones supranacionales ya ha alterado el contexto en el que se desarrollan las luchas.

[x] En el otoño de 1969, la oleada de huelgas generales y grandes manifestaciones de los trabajadores de las fábricas por la renovación de sus contratos fue apodada «l’Autunno caldo» [el Otoño Caliente]. Desde entonces, la frase se ha convertido en una seña del posible estallido de las luchas sociales tras la quietud del verano, cuando trabajadores y estudiantes regresan de sus vacaciones: «Existe el riesgo de que sea un Otoño Caliente».

[xi] La tendencia a ridiculizar a las personas que se movilizan por primera vez preguntando «¿dónde estaba toda esta gente cuando nos manifestábamos contra esto y contra aquello?» puede interpretarse de muchas maneras:

a) es una verdad parcial sobregeneralizada, ya que los que actúan en las plazas no son sólo «primerizos» sino que también incluye a muchas personas que participaron en anteriores luchas, personas que, si se enfrentan a la pregunta «¿dónde estabas?», podrían responder fácilmente: «estaba en la calle; hasta hace relativamente poco, tú también estabas allí, ¿dónde estás ahora?»;

b) es una afirmación de identidad y pertenencia: «habitualmente las manifestaciones son nuestro asunto [cosa nostra], ¡fuimos los primeros en estar ahí!», dice el «buen izquierdista». Sin embargo, las calles no son propiedad de nadie. No pertenecen a nadie, a excepción de quienes las toman. Y los «buenos izquierdistas» las dejaron vacías;

c) es una manifestación de esnobismo ante una movilización que no tiene «pedigree» y que no es descifrable dentro de los parámetros habituales;

d) es la forma más rápida de restar importancia a una movilización que enfrenta a los «buenos izquierdistas» con contradicciones que no quieren (ni pueden) afrontar;

e) es una forma de acallar la propia mala conciencia: la adhesión acrítica a la gestión de la pandemia empujó a estas personas a la subalternidad y pasividad totales («dejémoslo en manos de los que nos salvan la vida»). Ahora el sujeto pasivo es semiconsciente de que habría buenas razones para salir a la calle, ya que las políticas de Draghi están aumentando las desigualdades, pero es difícil sacudirse dos años de pasividad y miedo, por lo que los «buenos izquierdistas» se guardan rencor a sí mismos y a los manifestantes que les recuerdan su pasividad.

[xii] Publicado originalmente como introducción a la edición italiana de la compilación de escritos Comitato Invisibile, L’insurrezione che viene – Ai nostri amici – Adesso (Not) del Comité Invisible (Roma: Nero, 2019).

[xiii] Ende Gelände es un movimiento alemán especialmente conocido por organizar ocupaciones masivas de minas de carbón. www.ende-gelaende.org

[xiv] Para obtener información sobre el movimiento italiano No-TAV, véase el libro de Wu Ming 1 Un viaggio che non promettiamo breve: 25 anni di lotte No Tav (Turín: Einaudi, 2016) y el discurso de Wu Ming 1 «Ghosts in the Woods and Uncanny Entities: How to Cover the Italian No-TAV Movement», Berlín, 20 de septiembre de 2019.

[xv] Antideutschen se refiere a diversas corrientes de la izquierda radical alemana que se destacan por su implacable denuncia del antisemitismo en la izquierda y en la política alemana en general, su apoyo ocasionalmente incondicional a Israel (y la consiguiente condena de la resistencia palestina) y su tendencia a elogiar toda acción militar contra el «islamismo» y los enemigos de Israel (incluida la invasión estadounidense de Irak en 2003).

[xvi] La efímera pero perniciosa narrativa sobre la participación de las brigadas rojas en las manifestaciones anti-pass tiene su origen en la presencia de Paolo Maurizio Ferrari, un antiguo miembro de las BR de 76 años, en una gran manifestación en Milán. Los medios de comunicación lo señalaron: «Mirad a este tipo, antes era un terrorista rojo y ahora se manifiesta codo con codo con los nazis». Por supuesto, Ferrari no estaba al lado de ningún nazi, de hecho sostenía una pancarta con el lema antifascista por excelencia ORA E SEMPRE RESISTENZA [AHORA Y SIEMPRE RESISTENCIA].

[xvii] En realidad, la oposición de la CGIL al green pass fue meramente verbal. En cuanto a los sindicatos de base, su movilización se distinguió de la de los manifestantes anti-pass. Sin embargo, sus declaraciones tuvieron un papel importante a la hora de demostrar que criticar el pase no era «algo fascista».

[xviii] El artículo de Negri se publicó en la revista italiana Metropoli, Vol. 3, nº 5, Roma, junio de 1981, 50-53. Posteriormente se incluyó en su libro Fabbriche del soggetto (XXI Secolo, 1987; nueva edición: Verona: Ombre Corte, 2013).

[xix] Lakoff, que a diferencia de nosotros es liberal, utiliza el término biconceptual para referirse a «alguien que es conservador en algunas cuestiones y progresista en otras, en muchísimas combinaciones posibles». Nosotros nos sentimos incómodos con estas categorías políticas ―sobre todo con «progresista»― y preferimos connotar el biconceptualismo a partir de la clase, la posición [status] y las condiciones materiales. De todos modos, cualquier reflexión sobre el biconceptualismo en las nuevas movilizaciones impuras debería partir del 4to. «punto para futuras luchas» que Paul Torino y Adrian Wohlleben adjuntaron a su análisis de 2019 Memes With Force: Lessons from the Yellow Vests [Memes con fuerza: lecciones de los chalecos amarillos]: «No excluir ideológicamente a los ‘conservadores’ del movimiento; más bien, popularizar los gestos que su ideología no puede avalar…».

[xx] Un relato del primer año de gestión gubernamental de la pandemia en Italia puede leerse en los cuatro capítulos «In Viro Veritas» del libro La Q di Qomplotto que se descarga gratuitamente ―en italiano―.

[xxi] Utilizamos el término «cientificismo» para referirnos, en primer lugar, a la actitud de quienes apelan a la autoridad de la ciencia como un ipse dixit, repitiendo que «la Ciencia dice» cierta cosa que defienden, mientras no tienen ni la más mínima idea de cómo funciona la ciencia, la investigación o el debate interno dentro de la comunidad de científicos. Para esta gente, «Ciencia» es una palabra vacía, una de esas pseudoideas que el mitólogo Furio Jesi llama «ideas sin palabras», es decir, imposibles de explicar, como las típicas de la cultura de derecha (Nación, Espíritu, Naturaleza, etc.). Ni qué decir tiene que esta forma de utilizar el término «Ciencia» es la menos científica que se pueda imaginar, ya que se basa en un acto de fe más o menos disfrazado. Los fieles del «cientificismo» [Believers in «scientism»] suelen confundir los resultados provisionales de la investigación científica con las verdades establecidas por la ciencia, y atribuyen a ambas la misma autoridad incuestionable. De hecho, una cosa es un artículo sobre la contagiosidad de los positivos asintomáticos al Sars-Cov-2 y otra las leyes de la termodinámica. Un creyente en el «cientificismo» también cree que no hay límites a la extensión del conocimiento científico, que todo debe ser explicado e investigado con el método científico, y que en este sentido la ciencia ―siempre en singular― es superior a todas las demás actividades humanas que se esfuerzan por comprender el mundo. En consecuencia, todas estas otras actividades deben ajustarse, o reducirse, a la ciencia. En este último sentido, Henri Bergson también utilizó el término «cientificismo«, insistiendo en que la ciencia debe seguir siendo «científica» y no «cientificista», es decir: «envuelta en una metafísica que se presenta a los ignorantes, o a los medianamente instruidos, bajo la máscara de la ciencia.»

[xxii] «No Vax«: «quien se opone a la vacunación», según la definición propagandizada por el Estado italiano. Cfr. Dipartimento per le Politiche Europee. Presidenza del Consiglio dei Ministri, 18/08/2021, donde se aclara que «no-vax» es un falso anglicismo: https://www.politicheeuropee.gov.it/it/comunicazione/europarole/no-vax/. [Nota de Rossoinero]

[xxiii] SPK: Sozialistisches Patientenkollektiv [Colectivo de pacientes socialistas]. Este grupo se fundó en Heidelberg en 1968 y se disolvió en 1971. En 1973 se fundó un colectivo que lleva el mismo nombre y que aún existe. El texto más famoso del SPK original es el panfleto Aus der Krankheit eine Waffe machen [Hacer de la enfermedad un arma], originalmente publicado en 1971 con prefacio de Jean-Paul Sartre. [Nota de Wu Ming; traducciones de las expresiones en alemán al castellano por Rossoinero]

[xxiv] Cf. Furio Jesi, «A Reading of Rimbaud’s ‘Drunken Boat'» [Una lectura de El barco ebrio de Rimbaud], traducido por Cristina Viti, Theory & Event, Vol. 22, nº 4, 1004: «No es cierto que el artista haya tomado posesión de los lugares comunes y se haya servido de ellos. Más bien se ha abierto a ellos, se ha puesto a su disposición: han llegado [they have come], se han apoderado de la experiencia creativa y se han servido de ella para que en el momento de su manifestación también se convierta, en su totalidad, en un lugar común. El dinero malo expulsa al bueno». [Nota de Ill Will]

[xxv] Come le fantasie di complotto difendono il sistema es el subtítulo del libro en italiano. [Nota de Rossoinero]

[xxvi] «‘Narrativa de distracción’: representación de una situación política o de un problema social que, al centrarse en causas y responsabilidades ficticias o poco relevantes, desvía la crítica del funcionamiento real y de las contradicciones del capitalismo, proponiendo falsas soluciones a menudo centradas en chivos expiatorios. Una narrativa de distracción retrasa las soluciones reales, disipa las energías y difumina el panorama, empeorando retroactivamente la situación inicial. Entre las narrativas de distracción que cumplen estas funciones, las fantasías conspirativas son las más frecuentes y eficaces» (Wu Ming 1, La Q di Qomplotto, 62-163).

[xxvii] Appendix: On Post-Pandemic Climate Activism. Este texto está firmado por Wu Ming 1, integrante del colectivo Wu Ming. En Ill Will, el apéndice se lee luego de la entrevista. Al final del apéndice, se lee: «Bolonia, 25 al 28 de octubre (notas agregadas el 4 y 5 de noviembre, 2021) Traducido por Wu Ming». Así, pues, tanto la entrevista como el apéndice fueron traducidos al inglés por el colectivo Wu Ming y las notas correspondientes a una y otro agregadas a comienzos de noviembre de 2021. Traducción del inglés al castellano por Rossoinero. [Nota de Rossoinero]

[xxviii] How to Blow Up a Pipeline. Learning to Fight in a World on Fire [Cómo hacer estallar un oleoducto: aprendiendo a luchar en un mundo en llamas] de Andreas Malm (Londres: Verso, 2021). [Nota de Rossoinero]

[xxix] «Il faut, once again, défendre la société» en el original. También podría traducirse como «Una vez más, hay que defender la sociedad». [Nota de Rossoinero]

[xxx] Estas palabras destacadas en bastardillas se escuchan en la canción aludida. [Nota de Rossoinero]

[xxxi] El texto entrecomillado, traducido del inglés al castellano, pertenece a un fragmento de la letra de la canción Ballata dell’amore cieco de Fabrizio De Andrè: «se mi vuoi bene, tagliati dei polsi le quattro vene«. [Nota de Rossoinero]

[xxxii] «Homeostasis del sistema». Del griego ὅμοιος, «similar», y στάσις, sustantivo del verbo ἵστημι, «mantenerse en pie». Tendencia del capitalismo a conservar sus características básicas y su lógica subyacente pese a las turbulencias externas e internas. Todo sistema social tiende a la homeostasis, pero el capitalismo es el primer sistema social que se ha impuesto como totalidad a escala planetaria, lo cual significa que su homeostasis opera en todas partes y en todo momento. Cualquiera de los subsistemas que componen el capitalismo es también una red de mecanismos de control cuya interacción regula el flujo de energía e información. Las opciones que amenazan las características básicas del sistema se descartan a priori, a veces tan a priori que ni siquiera llegan a imaginarse» (La Q di Qomplotto, p.162).

2 comentarios sobre “Reductio ad Hitlerum

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s